Si hubo una frase que me caracterizaba hace un par de años atrás era la de "tengo que ir al médico". Y lo más curioso en el caso, es que era cierto.
Desde pequeña, más bien cuando rondaba los seis años de vida, descubrimos con mi familia que era alérgica. Alérgica al pasto, al tabaco, a los hongos de la humedad, al chocolate, a lo cítrico y a otras más cosas que en mi vida de niña había oído. Desde entonces he estado tomando, unas "vacunas orales" (no se si ese el nombre real) tres veces por semana, debajo de la lengua, cinco gotitas. A veces venían ricas, otras con sabor interesantes y otras eran totalmente apestosas. Me han tenido que hacer los test de alergia desde aquella edad, tres o cuatro veces al año en su comienzo (nunca entendí el porque) y luego bajamos a dos veces por año.
Llegando a la adolescencia, tuve que experimentar el paso por el maligno y horroroso "acné". Por lo que comencé a concurrir a la dermatóloga, quien junto a mi alergista se encargaban del cuidado de mi piel, llenandome de cremas por todas partes del cuerpo, con medicamentos... Entonces todos los meses los visitaba, además existían aquellos días que, por el estrés de los adolescentes (muchos dirán "¿que estrés?", bueno gente, todos sufrimos de estrés en diferentes niveles y edades), por los cambios climáticos, o alguna ropa nueva, mi piel se irritaba o sentía la necesidad de visitar a los especialistas, iba. Y de allí venían mis recurrentes "visitas al médico".
Al finalizar el último año de la secundaria comencé a notar dolores imposibles en mi espalda. Fue justo cuando nos cambiamos de obra social y (luego de hacer un quilombo para fotocopiar nuestras antiguas historias clínicas que el Sanatorio Güemes, más bien el departamento que operaba en el sanatorio, el de UTHGRA, se negaba a darnos) debía recomenzar todo. Mi nueva médica clínica me mandó a hacerme un nuevo chequeo general, y conjunto a ello unas radiografías. De aquel estudio pudieron ver que tengo una desviación en mi columna vertebral, reconocida como "escoliosis". Ya de chica siempre sentía, sospechaba que algo no andaba bien en mi espalda, siempre encorvada vivía y no me gustaba. Fui a que los electrodos relajaran la zona del dolor en kinesiología, lo hicieron por un tiempo y luego me mandaron a hacer RPG (Gimnasia Postural) a la cual todavía no he tenido el agrado de concurrir, ya que a estas alturas de mi vida, a punto de pisar los años veinte... estoy mucho más que cansada de los médicos.
Es el día de hoy que sigo con ellos, mi médica clínica: aquella señora que debe estar pisando los 65 años, pero que es un cago de risa, que le hincha sus ovarios los pacientes ancianos que le cuentan todos los detalles de su vida y que consumen gran parte de su día con sus anécdotas (la consulta comúnmente no lleva más de quince minutos, sin embargo cuando ellos entran al consultorio están alrededor de 30... o 49 minutos. Lo he contado yo misma por reloj). Mi dermatóloga: la hermosa colombiana o venezolana, o algo de por ahí, pero que es un amor de persona, que si bien ya he pasado aquella etapa del acné malevolo, sigo atentiendome para cuidar mi piel, no soy de usar cremas que se venden por catálogo, o en farmacias/perfumerías de venta libre, sino uso las que van con receta. Con mi alergísta: aquella mujer ruda, sincera y eficaz, que mantiene mi nivel de desesperación por tener todo el corticoide necesario dentro de cuerpo. Y etc., etc., etc., así y otros especialistas más.
Si bien me irrita, como a muchas otras personas, el hecho de tener que ir por una consulta médica, soy consciente de que la necesito y más sabiendo que he tenido problemas con mi cuerpo en un pasado y que ahora debo seguir manteniendo estable.

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